Lo que me está sucediendo no lo imaginaba ni en el mejor de mis sueños.

Óliver Díaz - Entrevista para Codalario

Óliver Díaz comienza el próximo día 6 de octubre su segunda temporada como director musical del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Díaz se ha convertido en los últimos años en uno de los directores españoles más nombrados. Su perfil le distingue, desde luego, por una búsqueda de profundidad interpretativa en todo lo que hace, de seriedad sobre la tarima, de intenso análisis de la partitura, de trabajar de sol a sol por puro amor a la música. También hay un saber estar dentro y fuera del teatro elegante y amable que, junto a lo demás, le está abriendo las puertas de coliseos internacionales. Óliver Díaz, lo hemos dicho varias veces, es un director hecho a si mismo a base de voluntad, trabajo y talento. Ni padrinos ni enchufes le han catapultado hasta donde está, porque nunca los ha tenido. Por eso consideramos que tiene tanto valor lo que está consiguiendo; lo que ya ha conseguido. Se ha tardado demasiado tiempo en cualquier caso en recompensarlo. Pasa demasiadas veces en España. De esta forma su carrera ha surgido natural, poco a poco, saboreando cada paso de una evolución que todavía no sabemos hasta dónde le llevará pero que ahora mismo le ha puesto al frente de uno de los más importantes teatros de España, el de la Zarzuela, coliseo fundamental para nuestro país que él está intentando, junto a Daniel Bianco, cambiar, mejorar, modernizar. Díaz también ha cambiado bastante en los últimos años. Creemos que es sólo el principio de una interesante trayectoria.

Haga un repaso por cómo fueron sus primeros pasos en elmundo de la música.

En mi casa siempre hubo una gran afición a las artes en general. Mi padre es músico y pintor aficionado (en su juventud había sido baterista y cantante de un grupo de música popular y hoy en día todavía sigue dedicándose a la pintura), y mi madre siempre ha sido una voraz lectora. Algunos de mis primeros recuerdos son, de muy niño, yendo a los ensayos del grupo de mi padre y divirtiéndome mucho sentando en la batería, haciendo todo el ruido que podía con ella (afortunadamente no debía de ser mucho ya que no llegaba a los pedales y no creo que tuviera demasiada fuerza con las baquetas). Supongo que ese ambiente me encaminó de forma natural a establecer un vínculo con las artes. Recuerdo también comenzar, siendo muy niño, con la pintura, sin embargo yo mismo fui consciente rápidamente, a pesar de mi corta edad, de no tener mucho talento para las artes plásticas, y sí una relación mucho más fluida con la música.

¿Sería tan amable de hacer un repaso por los profesores y personas que más han contribuido, y de qué forma, a conformarle como artista? Quiénes han sido, en definitiva, las personas más importantes de tu carrera.

Esta es una pregunta difícil de responder ya que uno siempre corre el riesgo de ser injusto y dejarse a muchas personas importantes en el tintero, no obstante creo que ha habido una serie de personas que por una circunstancia u otra fueron tremendamente importantes para el desarrollo de mi carrera:

Marta Cabeza fue mi primera profesora, en la antigua escuela de música de Gijón, unos años antes de la existencia del Conservatorio de Gijón, y fue, además de la primera persona que le dijo a mis padres que merecía una atención especial en mi formación musical, la persona que me hizo comenzar a amar la música. Recuerdo, aunque de forma muy vaga, que disfrutaba mucho yendo a aquellas clases de música con Marta.

Amador Fernández, mi profesor de piano en el grado superior, en Oviedo, fue la primera persona que me hizo entender la necesidad de adquirir una fuerte disciplina, y capacidad de trabajo, ya que hasta entonces yo era un poco irregular: tenía temporadas que estudiaba muchísimo y otras en las que me lo tomaba con un poco más de laxitud. Amador me apoyó muchísimo y también me exigió muchísimo, haciéndome entender que el talento no sirve de mucho sino hay trabajo. Él mismo ha sido un ejemplo de disciplina toda la vida, con una dedicación absoluta al piano.

Julian Martin ha sido sin duda la piedra angular de mi carrera. Tuve la suerte de encontrarle en mi primera etapa en los Estados Unidos (cuando llegué a Baltimore para estudiar en el Peabody Conservatory) y con él descubrí un mundo que hasta entonces yo no había conocido: el resto de mis compañeros de estudio tenían un nivel impresionante y algunos conceptos relativos a la producción del sonido, a la velocidad de estudio, a las técnicas de estudio, etc, eran absolutamente nuevos para mí. Julian me apoyó muchísimo, y además fue el primero que me dijo que debía hacer las pruebas en la Juilliard School para estudiar dirección de orquesta, que seguro que tendría una oportunidad (¡en ese momento yo pensaba que se había vuelto loco!). Ha sido y sigue siendo un gran apoyo para mí, desde el primer momento creyó en mí a pies juntos.

Por último Otto Werner Mueller, mi profesor de dirección en la Juilliard School. Un gran maestro, no hay otra manera de definirlo. Tremendamente duro y exigente, pero cuando el se ponía frente a la orquesta uno entendía exactamente lo que es dirigir de verdad, comandar todos y cada uno de los parámetros de una orquesta. Era realmente increíble, y no en vano, para mí es uno de los tres grandes maestros de dirección del siglo XX, junto con Jorma Panula e Ilya Musin (se que estoy obviando a alguien tan importante como Celibidache, pero es porque, en mi humilde opinión, Celibidache ha sido mucho más grande como interprete que como profesor, más allá del desarrollo de el concepto de “fenomenología” y de una técnica de dirección muy concreta)

Leer la entrevista completa en la Revista Codalario. En portada el mes de octubre de 2017.

En mi casa siempre hubo una gran afición a las artes